Creo que mi primera aproximación a la UBA, tiene que ver con mi infancia, 6 o 7 años, donde recuerdo ir los fines de semana a acompañar a mi padre a dar de comer, a los cobayos y ratas que en ese momento participaban de algunos de sus tantos trabajos presentados.
Lejos estaba mi intención de estudiar medicina y mucho menos toxicología.
Me pidieron que hablara sobre los logros académicos de mi padre, los cargos y distinciones que ha logrado en su carrera, y en este punto quiero hacer una aclaración. Desde que tengo noción, convivo en casa con un profesor titular, director medico de la Morgue Judicial, y miembro de congresos e instituciones por varias partes del mundo.
Tal vez sea por ese motivo algo tan natural para mí e incluso en algunas oportunidades hayamos planteado puntos de vista diferentes sobre el verdadero valor de las distinciones académicas.
Y siento que en esta oportunidad, en cierta manera se me permite hacer mi descarga.
Siempre destaqué de mi padre su condición de persona de bien, de hombre honrado, sencillo y con una condición de maestro excepcional que lo llevo a lograr lo que es en la medicina y en la vida.
Él siempre dice, que la docencia es su hobby más querido, y hoy con 74 años, la sigue ejerciendo con un compromiso y una dedicación que es digna de admirar.
Hace poco, en la Universidad Favaloro, lo llamaron los demás profesores para preguntarle como había hecho, ya que en una encuesta había sido elegido como el mejor docente de la carrera de medicina. Ese tipo de reconocimientos es habitual a lo largo de su trayectoria.
Una vez en el ingreso a la facultad de medicina, me preguntaron que era lo que me había inspirado a estudiar la carrera y recuerdo que contesté que había sido principalmente por el ejemplo de vida que nos había entregado mi padre a mis hermanos y a mí.
Hoy, la vida, en sus vueltas de ese enorme espiral, me encuentra sentado en la sala de profesores de la Primera Cátedra de Toxicología de la UBA como docente, siguiendo pasos que nunca había pensado que transitaría, bajo la mirada de fotos que no son ajenas a mi vida como las de Emilio Astolfi, mi padrino o de Alberto Calabrese, el padrino de mi hermana.
Independientemente de los títulos y distinciones, mi padre es un docente por elección, un verdadero maestro, que lo lleva en el alma.
Uno a través de la carrera, ha tenido muchos docentes, algunos nos han marcado más que otros; mi padre es de los que se recuerdan a través de los años.
Hoy tengo la suerte de transitar mis inicios en la Toxicología de la mano de él y de muchos de sus alumnos y discípulos. Esto me llena de orgullo y a su vez de responsabilidad para mantener su legado, con la certeza y convicción de contar con la experiencia de un verdadero maestro.
Christian Emiliano Donnewald
Buenos Aires, 4 de Noviembre de 2008,-
|